Trene Paradiso


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Por una extraña razón que se me escapa, los trenes me trasladan a una realidad paralela mucho más emotiva que la del día a día.

Sería por estas fechas, cuando hace un par de años viajaba en un tren bala y al cruzar un túnel sentí la misma sensación que la de hoy. Es como si saliera de la oscuridad y al aparecer de nuevo la luz, la realidad fuera otra. En aquella ocasión estaba viendo en mi portátil un episodio de Doctor en Alaska, esta vez ha sido al ver Cinema Paradiso.

Varios, no muchos, me habían dicho que debería ver esa película, pero siempre que pasaba por delante de ella, no la seleccionaba, nunca sabré el motivo, quizás mandara, en ese momento, el subsconsciente en vez de lo racional y ordenara dejarla para una ocasión más propicia.

Pero esta vez llegó el momento y me decidí a verla. Lo siento por aquellos que aún no la han visto, pero creo que, por mi parte, merece un pequeño homenaje y al hacerlo tendré que destripar deliberadamente su final. Aunque siendo realistas y dado el éxito de mi blog, no creo que vaya a ser un cataclismo 😉

Vamos a situar el argumento, es posguerra en un pequeño pueblo de Sicilia y corren tiempos de censura (muy extrapolable a la España de la época), el Sr. cura visiona todas las películas antes de su estreno y marca, agitando una campanilla, donde hay que cortar. Esas mutilaciones de la película coinciden, casualmente, con besos, abrazos y escenas con alguna espalda o torso desnudo.

Nuestro buen operador de la sala hace su trabajo a la perfección y, después del escrutinio, la monta y la exhibe ante la mirada perpleja del respetable que ve como película tras película, éstas se ven cercenadas en una censura que a veces deja la película sin sentido.

Un niño, entusiasta del séptimo arte, mira ensimismado la labor del infeliz operador de proyección y al final le ayuda en sus labores.

Pasan los años, el niño se va del pueblo. Mucho tiempo despúes vuelve (convertido ya en un director de cine de éxito) debido al fallecimiento del hombre que trabajaba junto a él en el cine. Al llegar, ve como su mundo infantil se ha diluido, se ha difuminado…la gente que él conoció, ha desaparecido, el Cinema Paradiso es destruido en su presencia y la de todo el pueblo para hacer un garaje y su amor de juventud, Elena, a la que nunca ha dejado de querer, sabe que está perdida para siempre, en algún lugar, quién sabe donde, sin posibilidad de encuentro.

Y cuando todo esto parece abocado al drama más absoluto, un pequeño regalo, una antigua bobina de película que su amigo, el proyectista, le ha legado como testamento nos deja a todos boquiabiertos. Son los cortes de besos, abrazos, etc que Alfredo (que asi se llama el operador de proyección), pacientemente, ha ido ensamblando a lo largo de los años, dejándoselo a Salvatore (el niño convertido en cineasta) como testimonio de una amistad que trasciende a la muerte.

Muy emocionante, cuando terminé de verla giré la cabeza y una mujer de mediana edad que seguía la película en el asiento de detrás, en silencio y en versión muda (yo llevaba los auriculares puestos), levantó el pulgar en señal de mi buena elección. El Alvia, ajeno a todo sentimiento, traqueteaba camino del Norte, Ennio Morricone ponía la banda sonora,  y ahí estaba yo,  abrumado por lo que acababa de ver, descompuesto ante tanta belleza.

 

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